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Ojos que no ven, corazón que no siente

Jorge Martínez Barrera

Jueves 4 de mayo de 2017

Como las cosas que no se aprecian a simple vista suelen considerarse como meras abstracciones, a veces es preciso describirlas con algo más de detalle para que su realidad sea más perceptible. Un embrión humano, por ejemplo, no es visible en sí mismo sino hasta el momento de nacer, y por eso, lo que se haga sobre él, puede quedar oculto a los ojos de los no especialistas. Y lo que puede hacerse sobre él son, ciertamente, intervenciones terapéuticas, es decir, acciones destinadas a restaurar su salud o favorecer su normal desarrollo; pero también se puede abortarlo.

Dos métodos habituales para practicar un aborto quirúrgico hoy en día son, el de la succión y el de la dilatación y evacuación. El primero consiste en la introducción de un tubo en la vagina materna con una potencia casi 30 veces más poderosa que la de una aspiradora. De ese modo se succiona al bebé desguazando sus miembros, desintegrándolos progresivamente y transformándolos en una especie de papilla sanguinolenta que es depositada en un recipiente.

Si el niño tiene más de 12 semanas de gestación, se aplica el segundo método. Mediante esta técnica, el cuello del útero es ampliamente dilatado y como los huesos del niño ya se hallan calcificados, se introduce una tenaza para arrancarle brazos y piernas. Posteriormente se le secciona la columna vertebral y finalmente se le aplasta el cráneo. Una vez hecho esto, los desechos son succionados y finalmente se rearma el cuerpo completo para asegurarse de que no haya quedado nada dentro del útero de la madre, pues de lo contrario ésta podría sufrir alguna infección. Completada esta última operación, los restos ya están listos para ser arrojados a la basura, si es que no se extraen sus órganos para traficarlos.

A quien pudiera afirmar que esta descripción no es un argumento contra el aborto, y que persigue más bien un efecto emocional, habría que responderle que, por lo menos, es más precisa y jurídicamente significativa que los motivos (llamarlos “razones” me parece exagerado) esgrimidos hasta ahora en su favor. Como el sufrimiento psicológico de una madre que no desea tener a su hijo es más “visible” que la causa de su dolor, se concluye en la bondad de una acción destinada a suprimir al supuesto responsable, equiparado en la ocasión a poco más que un tumor.

Jorge Martínez B.

Dr. en Filosofía

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