Primeras Damas chilenas: Un accionar social y político desde la sombra. /por Cecilia Morán

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Las mujeres son sujetos que la historia muchas veces olvida centrándose principalmente en estudiar a grandes héroes y personajes masculinos destacados en política, ciencia y cultura. Así, desde pequeños se les enseña en los colegios a los niños, siguiendo esa lógica, que la historia ha sido protagonizada y escrita por hombres y éstos crecen considerando aquellas enseñanzas como verdades incuestionables. Si observamos nuestro entorno cercano, nos encontramos con calles que recuerdan a próceres del pasado, con esculturas y bustos en plazas y parques dedicados a esos mismos protagonistas e incluso los billetes que usamos en nuestro día a día llevan grabada la imagen de aquellos, a excepción del que luce a nuestra nobel poeta Gabriela Mistral.

Nuestra vida republicana parece estar construida también sólo por varones. Cuando observamos el pasado recordamos un casi interminable listado de diputados y senadores  y muy pocas veces tomamos en cuenta que en aquellos grupos han figurado grandes mujeres, como María de la Cruz Toledo, primera mujer electa senadora en el país, en 1953. Respecto a los presidentes que han gobernado la nación, éstos, a excepción de Michelle Bachelet que ha ocupado dos veces el cargo, siempre han sido hombres y por ende, la mayoría ha llegado al Palacio de la Moneda de la mano de una mujer, su esposa, la llamada “Primera Dama” o “Consorte”.

¿Quiénes han sido esas mujeres que han acompañado a nuestros honorables presidentes? ¿De qué se han encargado en ese cargo que les toca asumir sin haber sido electas por nadie y sin opción de renunciar al mismo tampoco? ¿Importa que las recordemos o son una suerte de mero elemento decorativo en nuestra historia patria? Es cierto que a algunas las recordamos más que a otras, pero absolutamente todas tienen una interesante historia que contarnos y la mayoría de ellas tuvo un papel importante en algún aspecto ligado al desarrollo de nuestra sociedad. A continuación recordaremos a algunas de ellas que figuraron tanto en el siglo XIX, como en el XX, para así aclarar este panorama e intentar comprender cómo dicha institución se ha ido desarrollando a lo largo de nuestra historia.

Si nos remontamos al siglo diecinueve, nos encontramos por ejemplo, con la bonaerense Manuela Warnes y García de Zúñiga, la consorte de Joaquín Prieto, a quien se le recuerda por haber entrado a la Catedral de Santiago, en diciembre de 1821, cuando se celebraba el término de la conmemoración del Mes de María, con un velo transparente sobre su cabeza el que no cumplía la función de ocultar el escote de su espalda, como sí lo hacía el manto negro de rigor. Este acto la posicionó en medio de una importante polémica en la época. Por su parte, Leonor Frederick Ledesma, mujer de Jorge Montt Álvarez, fue una de las próceres Primeras Damas en ocuparse de las carencias básicas de los pobres, fundando, junto a un grupo mujeres de la elite santiaguina en el centro de la capital, la “Protectora”, espacio que, inspirado en la encíclica papal “Rerum Novarum” y bajo el lema “Pan, techo y abrigo”, ayudó a rescatar de la calle a muchos niños vagos.

Es interesante observar cómo, tanto la imagen como la labor de la Primera Dama se ha ido institucionalizando en nuestra sociedad. Esto nos lleva a pensar que aquellas mujeres son necesarias pues, no sólo han acompañado a sus esposos, sino que de una u otra manera han sido parte de los gobiernos respectivos.

Una vez entrado el siglo XX hay varios ejemplos de consortes que merecen ser reconocidas o al menos recordadas, unas muy distintas de otras. Una de ellas fue Sara del Campo Yávar, mujer de Pedro Montt Montt, considerada una excepción a la regla si se piensa en la imagen que las Primeras Damas proyectaban por aquel tiempo, en función de las labores que desempeñaban en el espacio público y privado. Ella, la mujer de los “ojazos increíbles de sultana de califato”, como la describe Joaquín Edwards Bello, participó de la campaña electoral de su marido y una vez en el cargo, incluso se inmiscuyó en discusiones políticas. Cuando acompañó a su esposo a las celebraciones del centenario argentino, allá la apodaron “la Reina mora”. Podríamos decir que esta mujer, con su carácter, acciones e imagen pública, representa uno de los primeros ejemplos de aquellas que en nuestro país rompieron con los grandes paradigmas establecidos en función del deber ser. Un caso parecido lo personificó su contemporánea, la escritora Teresa Wilms Montt, claro que esta última tuvo un trágico destino. Si tenemos presente que desde fines del siglo diecinueve las mujeres de la elite venían accediendo a nuevas lecturas e informaciones, ya fuese desde la literatura, periódicos y revistas, no es difícil comprender que el cambio en el pensamiento, expectativas y gustos de las mujeres llegaría más temprano que tarde.

Rosa Rodríguez Velasco, esposa de Arturo Alessandri, fue una mujer muy tradicional, apegada a su familia, a su hogar y sobre todo al cuidado y formación de cada uno de sus ocho hijos. Por su parte, Juana Rosa Aguirre Luco, esposa de Pedro Aguirre Cerda, fue una mujer hondamente católica que se destacó por fundar y presidir el “Comité Nacional de Navidad”, organización que, por dar sólo un ejemplo, en diciembre de 1941 entregaba alrededor de 500.000 juguetes a niños de todo Chile.

Un espacio especial en la memoria de los chilenos lo tiene Rosa Markmann, apodada “Mitty”. Ella, consorte de Gabriel González Videla, a quien se le recuerda por su belleza y gran carácter, ejerció múltiples labores asociadas no sólo a la beneficencia pública, sino que, rompiendo esquemas, también se involucró en labores ligadas a la política. A esta Primera Dama las chilenas le escribieron miles de cartas de la más diversa índole. Algunas le pedían zapatos para sus hijos, otras trabajo para ellas mismas o para sus maridos, casas, frazadas, dinero, juguetes y ropa para los niños de los colegios, leche, medicamentos, fotografías de ella y su familia, dinero para viajar a pagar mandas luego de la elección de su esposo, matriculas en colegios, instrumentos musicales, puestos en el gobierno, indultos presidenciales, y la lista sigue. Lo interesante es que creó en La Moneda la llamada “Oficina de la Mujer”, espacio que reunía estas cartas y allí, ella misma, junto a un grupo de asesoras, en las cuales se incluyó también a dos abogadas y a visitadoras sociales, se leía cada una de las peticiones y se daba solución a las más urgentes, siempre teniendo presente que el presupuesto estatal en aquellos años era muy pobre. Esta Primera Dama también, ejerció activamente en la beneficencia, cuestión que si bien sus predecesoras realizaban desde el siglo pasado, ella se encargó de ordenar y quiso institucionalizar en algunos aspectos, como por ejemplo en el área de entrega de juguetes y vestuario a los niños desposeídos. Patrocinó diversas organizaciones como la “Maternidad Madre e hijo”; se dirigió a más de veinte barrios marginales a entregar carne a las familias, hecho que ocasionó que se le apodaran “Hada de los pobres”. Esta consorte también creó el Comité de Navidad y la Fundación de Viviendas de Emergencia en su empeño por socorrer al gobierno con la problemática relacionada con la carencia de viviendas. Creó la Asociación Nacional de Dueñas de Casa y también, fue una notable impulsora de la aprobación de la ley que le otorgaría el voto a las mujeres en las elecciones presidenciales, la cual fue promulgada finalmente a principios de 1949, bajo el gobierno de su esposo.

No podemos dejar de mencionar a Graciela Letelier Velasco, mujer de Carlos Ibáñez del Campo, quien impulsó la creación de la “Fundación Ropero del Pueblo Graciela Letelier de Ibáñez”, entidad que desde 1954, propulsó la organización, coordinación y ejecución de actividades tendientes a mejorar la calidad de vida de los sectores más desposeídos, así, más concretamente, proporcionaba ayuda consistente en zapatos, vestimenta, ropa de cama, ajuares para guaguas y también para niños que celebrarían su Primera Comunión, medicamentos, entre otros.

Otra destacada Primera Dama de la república fue María Ruíz Tagle, consorte de Eduardo Frei Montalva, quien fundó y dirigió la institución CEMA, que agrupaba a centros de madres de todo Chile. CEMA fue un proyecto de ayuda social privada, sin fines de lucro, que tenía por finalidad promover en todas sus formas a la mujer. Inaugurada en 1966, año en el que contaba con 5500 centros de madres inscritos, para el término del mandato de Frei, en 1970, contaba con 9000.

Es interesante observar cómo, tanto la imagen como la labor de la Primera Dama se ha ido institucionalizando en nuestra sociedad. Esto nos lleva a pensar que aquellas mujeres son necesarias pues, no sólo han acompañado a sus esposos, sino que de una u otra manera han sido parte de los gobiernos respectivos, unas entregando su apoyo a la labor de beneficencia y asistencial, mientras que otras a asuntos referentes a acciones ligadas a la política nacional.

Cecilia Morán

Alumna del programa de Doctorado en Historia Universidad San Sebastián

Foto: Sitio web de Memoria Chilena

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