Los primeros 100 días y el riesgo del activismo irreflexivo/ por Gonzalo Arenas Hödar

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La idea de que los primeros 100 días de Gobierno son una especie de primer examen político a la gestión de todo nuevo Presidente es, al día de hoy, una convicción bastante extendida, no solo entre los especialistas sino también entre la ciudadanía. Sin embargo, lo que no es tan claro, es saber cuáles son los criterios para calificar de exitoso o no los resultados de esos primeros 100 días.

Para unos será la consagración a una actividad frenética, para otros, el marcar la agenda política imponiendo los temas que reflejen sus prioridades, también habrá quienes consideren que establecer el imaginario político del Gobierno debería ser la primera prioridad, o que lo fundamental sería consolidar una alianza de Gobierno robusta.

Debido a lo anterior, se hace necesario discutir ¿cuáles deberían ser los criterios de éxito o fracaso de los primeros 100 días?

Para esto, puede resultar útil revisar el momento que inauguró la idea de los primeros 100 días como primera evaluación política de un Gobierno, y para eso, debemos remontarnos al 4 de marzo de 1933 a la toma de posesión de Franklin D. Roosevelt como Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.

Roosevelt asumió la presidencia de los Estados Unidos en medio de una de las mayores crisis económicas de su historia, con los bancos cerrados y el país paralizado desde la histórica caída de Wall Street en octubre de 1929, periodo que se conocería como “La Gran Depresión”.

¿Qué hizo que los primeros 100 días de Roosevelt establecieran la vara política para medir el éxito o fracaso en el inicio de un Gobierno?

En el discurso inaugural Roosevelt dijo a los norteamericanos que el Gobierno asumiría su responsabilidad de liderar el país y que actuaría con toda la energía y urgencia necesaria, tal como si estuviera enfrentando una verdadera guerra contra un enemigo que invadía el país, lo anterior, como una forma de graficar la intensidad y extensión de la responsabilidad y acción que asumiría el nuevo Gobierno, señalando además, que si el Congreso no lo acompañaba en esta acción decisiva, actuaría a través de los poderes de la presidencia para lanzar esta “guerra” contra la crisis económica.

Según testimonios de la época, esta habría sido la frase que más aplausos generó entre los asistentes.

Al final de los primeros 100 días, Roosevelt había logrado aprobar 16 leyes que reordenaban completamente las funciones económicas del Estado. Fue el inicio del llamado “New Deal”, que transformaría para siempre el rol económico del Estado y que marcaría la política americana por más de medio siglo.

Un presidente decidido a no dejarse entrampar ante disputas políticas pequeñas, con un mensaje claro: estaba al frente de un gobierno decidido a lograr un solo gran objetivo, que no se iba a diluir en un mero activismo frenético, desde el momento en que todas las medidas se enfocaban y armonizaban en la única gran meta: la recuperación económica ante la peor crisis que había vivido Estado Unidos.

Los norteamericanos sentían por primera vez, después de la caída de Wall Street en 1929, que alguien estaba realmente a cargo del país y que tenía un plan concreto para actuar.

Mostrar y ejercer un liderazgo audaz, dispuesto a asumir responsabilidades, con un objetivo estratégico claro hacia el cual convergían todas sus acciones y capaz de generar un amplio apoyo popular.

Ese fue, nada más y nada menos, que el gran logro de los primeros 100 días de Franklin D. Roosevelt.

Es de esperar que el Presidente Sebastián Piñera y su equipo tengan clara la simpleza, pero al mismo tiempo la profundidad, del desafío “a lo Roosevelt” que deberían ser capaces de concretar de aquí al próximo 18 de junio.

Gonzalo Arenas Hödar

Abogado

Magister en Historia

 

 

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