El historiador Alfredo Jocelyn-Holt entra a fondo y con todo en la crisis de la Escuela Derecho de la U. de Chile

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Alfredo Jocelyn-Holt, Doctor en Historia de la Universidad Oxford, y actual académico de la facultad de derecho de al Universidad de Chile, donde imparte el curso “Historia Institucional del siglo XIX”, se refiere en extenso en conversación con EL MURO a la actual crisis que vive dicha facultad bajo el decanato de Davor Harasic y que en el último tiempo ha mantenido a dicha casa de estudios en las portadas de todos los medios, a raíz de la reciente toma gatillada por el aumento en 200 cupos de la matricula de dicha escuela. 

Ud. hace rato que viene anunciando un deterioro inexorable de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. ¿Lo que está ocurriendo hoy bajo el decanato de Davor Harasic forma parte de ese mismo proceso?

En efecto, en 2015 publiqué mi libro La Escuela Tomada, donde describía el deterioro académico y cómo se venía descomponiendo la convivencia interna en la Facultad de Derecho, el bando de Davor Harasic habiendo jugado un papel determinante en ello. Planificaron una toma muy mediática (la de 2009), en colusión con estudiantes liderados por Gabriel Boric, logrando tumbar a Roberto Nahum, el decano entonces.

Esta maquinación culmina, unos pocos años después, con Harasic asumiendo el decanato tras ganar la elección en 2015. En el epílogo del libro señalaba, además, que su elección no era otra cosa que la toma con otro nombre, negociando su apoyo Maricruz Gómez –también candidata y otrora nahumista (valga la contradicción)—, a quien Harasic le ofrecería en retribución el puesto de Vicedecana y otros cargos para sus adictos. Ante tan descarado oportunismo, era presumible que semejante yunta no prosperara. Y, de hecho, en las últimas páginas del libro se anticipa su fin, cuestión que ha estado ocurriendo este año.

Coincidentemente, en 2017 vuelve a hacerse patente la descomposición institucional. Las tomas han seguido sucediéndose (hasta con meses de clases perdidas, lo mismo el año pasado), y se ha puesto en evidencia el manejo de Harasic y su facción: aumento injustificado de matrícula (incapacidad física para acogerla), remuneraciones infladas para nuevos profesores (elegidos mediante concursos dudosos), sectarismos ideológicos, déficits económicos (¿por qué, o si no, el despido de antiguos profesores y administrativos?), malestar entre estos últimos (un funcionario me dijo, “profesor, en este decanato se ponen los zapatos antes que los calcetines”), en definitiva, una ineptitud que se ha ido volviendo crónica, lo que confirma que Harasic y su equipo están en otra, interesándoles poco o nada mantener los niveles de una universidad alguna vez relativamente buena, mejor dicho pasable, aunque estratégica, cuando era todavía entonces la mejor del país.

“Al no haber grandes ideas o principios en juego, el asunto es como con la “Cosa Nostra”; se reduce a los al capones, lucianos, costellos, lanskys, bonnanos, los corleones de turno. Cuando llegue el día en que nadie sepa quién es el decano por deponer en Pío Nono (se le conoce por todos estos líos), puede que comience a mejorar algo la situación, aunque no creo que vea ese día”

A su juicio, ¿cuál es el problema de fondo que ha desencadenado esta crisis que se arrastra ya por años?

El problema de fondo es que el deterioro académico impide que lo propiamente académico sirva de freno disuasivo a empeños espurios, desnaturalizando el sentido de la institución. Me explico: estando tan mal la universidad y la facultad, se ha ido desatendiendo lo que de veras corresponde hacer –impartir docencia adecuadamente (primero que todo), seguido de la investigación (aunque una prioridad bastante más secundaria, puesto que estamos en Chile y en la Universidad de Chile, esto no es el mundo desarrollado, ni se trata de Harvard u Oxford).

En otras palabras, el que la universidad, no sólo pretenda, se dedique preferentemente, a promover y girar en torno a unos cuantos lugares comunes del ideario progresista mesiánico –el compromiso con el Pueblo y los olvidados de este mundo, el deseo de refundar a este país por la enésima vez desde cero, aplanadoras mediante, “tomándose” todos los reductos de elite porque serían “exclusivos”, y desde ahí tratar de dirigir los destinos del país, dándoles lo mismo la tranquilidad interna, el conocimiento, el pluralismo, el mérito y cultivo de la inteligencia razonada–, confirma que un torcido sentido de las prioridades se ha ido apoderando de la dirección del plantel. Y eso que la Universidad de Chile probó en el pasado de que se podía hacer universidad con hasta huasos brutos en un país predominantemente iletrado.

En el fondo, se ha perdido el norte y proliferan síntomas nocivos, sea que a estos se les tolera, o bien, se espera que nos hagamos los tontos al respecto (¡en una universidad!). Me refiero el que se recurra a la violencia, que a estudiantes se les permita no ser tan capaces como podrían serlo exigiéndoles cada vez menos, que se acepte que ellos pueden cogobernar la institución con sus “sabias” imposiciones mientras, en el entretanto, los académicos se la llevan fácil.

Las universidades difícilmente camuflan sus debilidades. Si hay alumnos deficientes es porque sus profesores seguramente también lo son, por mucho que unos y otros se perdonen mutuamente sus mediocridades. He ahí, pues, que profesores, en el entretanto, dediquen su tiempo a hacer política nacional (al menos dos nuevos “investigadores”, con desproporcionados salarios, nombrados por Harasic, fueron candidatos a diputados en esta última elección y lamentablemente perdieron debiendo todavía sufrirlos), o bien, vibren haciendo política interna, persiguiendo cargos, armando bloques, y reforzando sus egos dañados (no se la pueden en las grandes ligas).

En fin, vamos avivando cualquier cueca con tal de no hacer lo que hay que hacer, generándose todo tipo de conflictos artificiales, muchos de ellos personales (en lugar tan estrecho no caben tantas ambiciones desbocadas). En el libro sobre la Escuela de Derecho hice especial hincapié en que en el sitio de Santa María con Pío Nono, antes de que se construyera el actual edificio de la facultad (fines de los años 30), hubo un estadio donde se libraban las principales peleas a combo del país, espíritu que por lo visto sigue permeando en el lugar hasta hoy.

Pareciera que hay una división muy profunda de los distintos estamentos. ¿Es reconciliable esa situación?

Cuando de box se trata lo que uno espera no es una “reconciliación” entre púgiles sino que se resguarden los mínimos protocolos y reglas (desde luego que no se manden golpes debajo del cinturón), porque o si no se está frente, no a un deporte, sino a una pelotera de baja estofa.

Ahora bien, yo entiendo que poco de todo esto se logra comprender desde fuera de las rejas de la Escuela. Además, ¿quién en su sano juicio imaginaría que algo tan sórdido pudiera ocurrir entre gente supuestamente seria? Pero lo mismo sucede con Sicilia, Cerdeña y Córcega. ¿Quién se imaginaría que en una de las cunas de la civilización occidental se originara algo así como la “cosa nostra”?

Lo raro es que en una facultad de derecho se produzca un fenómeno parecido. Aunque si se piensa más detenidamente, no es disparatado que en una facultad donde se forman jueces, abogados y políticos se produzcan desviaciones de este tipo. Es sumamente útil para un mafioso contratar a un abogado al que no hay que ni siquiera explicarle el delito cometido, ese abogado debidamente familiarizado debiendo aprender en algún lugar ciertas técnicas.

Es más, siendo la facultad un centro de poder, el adiestramiento cínico y brutal para defender intereses de gran envergadura, lo lleva a suponer que todo se resuelve con alguien imponiéndose por sobre otro a codazos (es parte del proceso de aleccionamiento para su vida “profesional”). El problema es que, con ese criterio, obviamente, se crean infiernos.

¿Qué papel juegan los académicos y los alumnos en el estado actual de la facultad?

Juegan el papel, ya he dicho, de cómplices. Las distintas facciones que pugnan entre ellas reclutan alumnos, a veces se les financia, les ofrecen protección de toda índole (el clientelismo es muy fuerte en la Escuela), y los alumnos a menudo hacen el trabajo sucio (las tomas) hasta volverse ellos mismos en padrinos.

Bajo este esquema, la principal ley que se enseña, me temo, es la Ley del Gallinero, proyectándose, luego, esta lógica al país entero. No olvidemos que, tradicionalmente, hemos formado aquí a nuestros principales legisladores. Por cierto, hay siempre gente sana y de buena fe. Lo complicado es que muchos, entrando a ese magnífico atrio, subiendo sus peldaños, cruzando las columnas y puertas diseñadas por el arquitecto Juan Martínez, terminan perdiendo la fe, o bien, no encuentran modelos a seguir una vez adentro.

Es triste, a la vez que un desafío –esto de probar la vocación para hacer el bien–, aunque más parecido, en nuestro caso, el lugar donde llevarlo a cabo el de una jungla que un mundo debidamente civil. Es dicho desafío que me hizo preferir este lugar que trabajar en universidades donde lo sensato se da por hecho. Pienso en las grandes universidades donde estudié en el extranjero y en donde me ha tocado también enseñar y participar.

Si me hubiese quedado en ese mundo estaría preocupado, en este momento, de mi plan de pensión cuando jubile (también algo triste). Por el contrario, sigo creyendo que estoy en una de las avanzadas más remotas del mundo civilizado donde todavía hay barbaridades que se pueden aminorar. Me preocupan sobretodo quienes entran a la Escuela y quieren cultivarse y adiestrarse intelectualmente pensando que ello es bueno para el país.

En términos institucionales, ¿Cómo afectan este tipo de episodios la calidad y el prestigio de la facultad?

La reputación de la Escuela ha decaído. No ahora último sino desde hace rato. Pensemos en las luchas que llevaron a parapetar estudiantes con cascos y linchacos tras la reja de entrada y los techos de la facultad durante la UP (gente entonces, de derecha).

Recordemos la arremetida que hiciera la dictadura bajo Hugo Rosende, que es cuando yo estudié en Pío Nono. Y hagámonos cargo de lo que ha estado pasando y no pasando desde 1988. Últimamente la situación se ha vuelto peor; lo digo haciendo autocrítica porque me sumé al esfuerzo por querer hacer algo distinto, y vea usted en qué estamos.

Desde que soy profesor, han ido bajando los estándares académicos; tengo estudiantes cada vez menos inquietos intelectualmente –más ávidos en querer obtener un título puramente profesional–; la Escuela pesa menos, y sólo se destaca públicamente por lo que estamos hablando.

Los mejores alumnos del país llegan en proporciones decrecientes. Derecho de la UCh está rankeada, según algunas mediciones, por debajo de la Universidad Católica de Chile y la Universidad Católica de Valparaíso, pisándole la cola, calladamente, la Universidad de Los Andes.

Hijos de exalumnos no vienen  a estudiar aquí (no fue mi caso, mi hija incluso hace clases en la Escuela, y mi señora también es profesora allí). Nuestros egresados no están siendo contratados en los mejores estudios de abogados, no como antes. Y, si las autoridades ya han dado lo anterior por un hecho (aumentando en 50% la matrícula de entrada con las consabidas consecuencias que trae consigo una masificación y hacinamiento deplorables), es porque creen que nuestro objetivo es, por el contrario, producir egresados que entren a la administración pública.

Una universidad estatal para un estado todo acaparador: ese es el objetivo que persiguen Ennio Vivaldi y  Harasic. Pero es sabido que para trabajar en el estado se requieren padrinos políticos. De ahí el giro cada vez más estatocrático político que se ha producido y por el que apuestan frenteamplistas también estatocráticos.

No fue el caso en la época en que fui alumno (1979-1984) y eso que en esa época vivíamos bajo un estado con visos totalitarios. La Universidad de Chile, habiendo sido una universidad nacional (ergo más trasversal), se propone actualmente convertirse en una universidad popular. Escribí tiempo atrás un artículo para la revista Anales al respecto; se le puede leer online (“¿La Universidad de Chile debiera ser una universidad popular?”, www.anales.uchile.cl).

¿Qué cambios se deberían introducir para lograr revertir este proceso de deterioro?

Soy historiador y hago diagnósticos sobre la realidad en que me toca funcionar. Trato de crear conciencia sobre el mundo que vivimos y en función del mundo que heredamos. A lo sumo aspiro a formar estudiantes, más de alguno quizá con vocación de reforma, de la que carezco. A ellos les corresponde revertir el proceso de deterioro que retrato y hago público con no poco riesgo personal. No poseo ese ánimo de poder necesario que se requiere; reconozco mi debilidad en ese plano.

¿La renuncia de Davor Harasic contribuiría a revertir la actual crisis?

No. Harasic es un eslabón más de una cadena interminable, hacia atrás y hacia adelante. Y lo peor es que quien le siga (en eso está la Gómez su contrincante actual) o quien aparezca para llenar ese hueco puede ser incluso peor, aunque se asemejen más que lo que se distinguen entre ellos.

Por eso unen fuerzas y luego se combaten. El gran problema con el caudillismo es que no es sistémico. Los reemplazos se producen matando a cuchilladas eficaces al caudillo caído para que lo sustituya el que viene. Para nada comparable a los cariñitos a  que fuera sometido Fulvio Rossi.

¿Qué le parece la decisión de éste de cerrar el Programa de Relaciones Internacionales de la facultad?

La Universidad de Chile está llena de centros y “programas” hechos a la medida de personas con nombre y apellido, con no poca duplicación de temas y funciones.

Es el caso del dirigido por José Rodríguez Elizondo, marido de la señora Gómez quien apoyó a Harasic en su momento cuando le convino, presumo que de esa forma intentando salvar su “programa”.

En una columna mía del diario La Tercera a propósito de la elección de Harasic al decanato en 2015 critiqué a personas tan zigzagueantes capaces de ser “cualquier cosa”. Sintiéndose aludido (había apoyado a Nahum y ahora se sumaba a su verdugo), Rodríguez Elizondo me respondió en otro artículo por ese mismo medio (19.4.2015), titulando su respuesta “Yo quiero ser cualquier cosa”.

Al parecer, no reparó que en un mundo en que se es cualquier cosa, cualquier cosa puede pasar. Justamente lo que le ha ocurrido ahora en que Harasic las emprendió contra su mujer y restantes adláteres, marido incluido. Supongo que Harasic tenía sus motivos para emprender tamaña razzia.

¿Se ha personalizado el conflicto en la figura de algunos académicos?

Sí, pero es comprensible. Al no haber grandes ideas o principios en juego, el asunto es como con la “Cosa Nostra”; se reduce a los al capones, lucianos, costellos, lanskys, bonnanos, los corleones de turno. Cuando llegue el día en que nadie sepa quién es el decano por deponer en Pío Nono (se le conoce por todos estos líos), puede que comience a mejorar algo la situación, aunque no creo que vea ese día.

EL MURO

Foto: Agencia Uno

 

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