El Frente Amplio y Ernesto Laclau: populismo, odio y lucha

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El Frente Amplio está de moda. A los llamativos discursos de los diputados Giorgio Jackson y Gabriel Boric, se han sumado en el último tiempo, serias intenciones de disputar electoralmente un espacio propio en la izquierda chilena, con lista parlamentaria y candidato presidencial. La periodista Beatriz Sánchez y el sociólogo Alberto Mayol son algunos de los nombres que se han puesto en la palestra para asumir ese desafío.

Incluso, algunos de sus personeros han expresado abiertamente sus propósitos de competir contra el Partido Comunista en todos los distritos en donde estos tengan representación parlamentaria.

El Frente Amplio está empeñado en marcar una profunda diferencia con la izquierda que es parte de la Nueva Mayoría y así quedo reafirmado, una vez más, en la reciente disputa twittera sostenida entre el diputado Jackson y el ex Presidente Ricardo Lagos.

Este último escribió en su cuenta de twitter: “Me gustaría escuchar el enfoque del Frente Amplio para enfrentar a la derecha, porque la derecha es el adversario”, ante lo cual, por la misma vía, el diputado Giorgio Jackson le respondió: “Se equivoca. Adversarios son quienes se financiaron oscura e ilegalmente y quienes impulsaron políticas de derecha. Ahí también caben muchos Nueva Mayoría y PPD.”

La postura del Frente Amplio puede parecer extrema y a ojos de políticos como Ricardo Lagos, inexplicable, pero en realidad resulta del todo natural, toda vez que la matriz ideológica del Frente Amplio es muy distinta a la de la izquierda tradicional. Esa izquierda marxista, que levantaba el puño en favor del proletariado al que reivindicaba como el único actor político llamado a conseguir los ideales propios de la sociedad comunista, y cuya máxima sofisticación alcanzaba hasta Gramsci, ya no va más. Para que hablar de esa otra izquierda más elaborada que pregonaba una supuesta “tercera vía” o un “socialismo liberal” de centroizquierda al estilo Ricardo Lagos.

El Frente Amplio parte de postulados muy distintos (algunos incluso los califican de postmarxistas). El padre intelectual de estos nuevos principios de la izquierda no es otro que el filósofo argentino Ernesto Laclau, radicado gran parte de su vida en Europa y fallecido el pasado 13 de abril de 2014, a la edad de 78 años.

Para Laclau, y así lo ha entendido el Frente Amplio chileno, es imposible alcanzar un consenso racional en el debate público y, por tanto, toda lucha política es necesariamente una lucha hegemónica, destacando así “el carácter antagónico radical de las luchas democráticas” [1] (palabras que recuerdan a uno de los ideólogos del nazismo,  Carl Smith y su obra “El concepto de lo político”).

Es decir, la vida política es necesariamente una lucha implacable, sin negociaciones de ningún tipo, y que perdura hasta el sometimiento total del adversario político, con el cual no existe posibilidad alguna de llegar a acuerdos en base a una discusión democrática y razonable.

Solo en este escenario de oposición radical, es que resulta posible -para Laclau y sus seguidores- alcanzar el objetivo político de construir una “democracia radicalizada, libertaria y plural.” y cuyo fruto final, no es mejorar o humanizar el liberalismo económico (como acusan a los izquierdistas de tercera vía o socialdemócratas), sino que la creación de lo que llaman una “nueva hegemonía”, que permita romper la supuesta “falacia” de que el orden económico “neoliberal” es la única realidad posible.

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Es necesario, en palabras de Laclau, una “radicalización de la democracia” que permita una profundización de la llamada “revolución democrática” (le parece familiar el nombre con algún actual partido político …), consistente en articular la mayor cantidad de demandas sociales posibles, en una sola gran corriente que encarne un proyecto hegemónico de izquierda alternativo.

Los nuevos sujetos políticos

Este proyecto político alternativo, a diferencia de la izquierda tradicional, (por eso algunos lo llaman postmarxismo) ya no está encarnado en el proletariado o en los trabajadores como fuerza o clase privilegiada en la lucha política.

Para Ernesto Laclau y sus seguidores, la lucha política moderna, esa que se da en un contexto de “capitalismo globalizado”, ya no es una lucha de clases, sino que de una innumerable cantidad de pequeñas luchas que encarnan nuevas identidades político-populares. Por lo tanto, ya no existirían sujetos o actores políticos por “excelencia” -como el proletariado o la clase obrera-, sino que una pluralidad de sujetos políticos indeterminados, y que deben ser “creados” discursivamente a partir de las llamadas “demandas sociales”.

Así, para Laclau ya no es la economía la que determina el devenir histórico, sino que las luchas sociales, por lo que resulta indispensable una “extensión del campo de las luchas democráticas al conjunto de la sociedad civil y del Estado, donde reside la posibilidad de una estrategia hegemónica de la izquierda”[2]

Para Ernesto Laclau “Un nuevo imaginario político puede ser construido, que sea radicalmente libertario e infinitamente más ambicioso en sus objetivos que el de la izquierda clásica. Esto exige, en primer término, describir el terreno histórico de su emergencia, que es el campo de lo que denominaremos como “revolución democrática”[3] y que para Laclau se caracteriza por un aumento radical en la conflictividad social y en el choque de antagonismos irreconciliables en su seno, los que son queridos, buscados y promovidos por los líderes llamados a encarnar estas nuevas identidades políticas.

Sin embargo, el propio Laclau reconoce que si bien este escenario de alta conflictiva social es “necesario” para que nazca su proyecto de izquierda nuevo y radical, los resultados del mismo no serían “necesariamente” favorables a esa izquierda, pues en el mismo contexto podrían surgir populismos de derecha o intentos totalitarios, lo cual hace indispensable que las fuerzas de esta nueva izquierda le den una dirección política a dicha conflictividad social provocada (al más puro estilo Lenin y sus ideas sobre la politización de las luchas sindicales) y que la encauce hacia el nacimiento de una “democracia radical”.

Así es como Laclau agrega que: “Las formas de articulación de un antagonismo, por tanto, lejos de estar predeterminadas, son la resultante de una lucha hegemónica. Esta afirmación tiene consecuencias importantes, ya que implica que estas nuevas luchas no tienen necesariamente un carácter progresivo, y que es por tanto un error pensar, como muchos lo hacen, que se sitúan espontáneamente en el contexto de una política de izquierda”[4]

Es así como solo una acción de “articulación política” de las diversas demandas sociales, es la que puede darles un carácter de izquierda, no el lugar o espacio de donde ellas provienen.

En otras palabras, Ernesto Laclau, como buen hombre de izquierda, cree haber encontrado la cuadratura del círculo. Destapar la caja de las expectativas, radicalizar la conflictividad social, pero lograr detenerla y encausarla justo en el momento en que se comience a desbordar hacia otros cauces. ¿Cómo lo hará? … nadie lo sabe, y esa es la fatalidad de la izquierda y lo nefasto de la pervivencia de los infantilismos revolucionarios que Laclau, con formas un poco más elaboradas, proclama, al igual que la revolución marxista que él mismo considera parte del pasado.

El rol del populismo

Para Ernesto Laclau y sus seguidores, el populismo no es una anormalidad o especie de enfermedad de la política, sino por el contrario, sería la forma específica de construcción de las identidades políticas colectivas, reivindicándolo como “una forma legítima entre otras de construir el vínculo político”[5]

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La “practica articulatoria populista” parte de la unidad más pequeña que permite la configuración del pueblo, y esa unidad es la “demanda social”, que es caracterizada como aquella demanda de un grupo de ciudadanos que no puede ser satisfecha por la institucionalidad vigente. Este elemento es esencial para Laclau pues permite el antagonismo necesario para una articulación populista y que no es más que el intento de separar al “pueblo” del “poder” y hacerlos antagónicos.

Mientras una demanda permanece aislada o lucha en solitario, Laclau la denomina “demanda democrática”, y solo cuando se articula junto a otras demandas en una “cadena equivalencial” es que pasa a convertirse en una “demanda popular”, y que la hace depositaria de un lazo de afecto (por tanto, un elemento emocional no racional) que se produce entre las diversas demandas, lo que le permite, en palabras de Laclau, un “sistema estable de significación”

Este componente afectivo o emocional es lo que Laclau denomina la “investidura radical”, y que es lo que permite articular las distintas demandas sociales y pasar a la acción, y que resulta necesario, (según reconoce el propio Laclau) debido a que no hay un paso lógico o natural hacia esa “articulación”, por lo que a falta de elementos racionales que la expliquen, se requiere del afecto, de la emoción, en el fondo, de la manipulación afectiva del pueblo.

Laclau define la “investidura radical” como el proceso de hacer “de un objeto la encarnación de una plenitud mítica. El afecto (es decir, el goce) constituye la esencia misma de la investidura, mientras que su carácter contingente da cuenta el componente “radical” de la fórmula”[6]

Lo anterior, permitiría la unificación de una pluralidad de demandas sociales en una cadena equivalencial, que permite a su vez construir una frontera que divida a la sociedad en dos campos (buenos y malos) y permita así la construcción de una identidad popular.

Así, para Laclau y sus seguidores, resulta indispensable “La identificación de todos los eslabones de la cadena popular con un principio de identidad que permita la cristalización de las diferentes demandas en torno a un común denominador -y ése requiere, desde luego, una expresión simbólica positiva-. Esta es la transición de lo que hemos llamado demandas democráticas a demandas populares”[7]

Expresión simbólica que consiste en un “significante vacío”, que son los que nacen de la “necesidad de nombrar un objeto que es a la vez imposible y necesario” [8], cumpliendo así una función “totalizadora” de una “totalidad imposible”.

Es decir, según Laclau,  para articular políticamente al pueblo, se debe inventar un concepto o ideal inalcanzable, imposible de expresar racionalmente o al menos con contornos definidos, porque es necesario que el pueblo corra hacia una “totalidad imposible”, totalidad que es construida políticamente y que no surge naturalmente de las demandas sociales que se pretenden representar. Por eso señala, es necesaria una fuerte dosis de “ambigüedad ideológica” para mantener esa unidad.

Pero también como ya hemos señalado, es necesario la construcción de un enemigo al cual poder odiar y culpar de todos los males de la sociedad (sin importar la verdad o falsedad de esa responsabilidad)

Un enemigo al cual odiar

“La identidad del enemigo también depende cada vez más de un proceso de construcción política. Puedo estar relativamente seguro de quién es el enemigo cuando, en luchas limitadas, estoy luchando contra el concejo municipal, las autoridades sanitarias o las autoridades universitarias. Pero una lucha popular implica la equivalencia entre todas esas luchas parciales, y en ese caso el enemigo global a ser identificado pasa a ser mucho menos evidente”[9]

Para Laclau el populismo siempre necesita una realidad divida en dos campos (buenos y malos), y por supuesto a los “malos” se les debe catalogar, englobar en un concepto unitario: “neoliberalismo”, “oligarquía”, “grupo dominante”, “abusadores”, etc. antagonismos que se deben construir “discursivamente”, deben ser “condensadas” en un lema, imagen, o lo que sea que permita retener a esa totalidad imposible, que es la suma de las demandas particulares.

En esto nuevamente Ernesto Laclau muestra su añoranza por Lenin, cuando afirma que esos significantes vacíos no pueden surgir naturalmente de las demandas populares. Deben provenir del exterior, deben ser incorporado en la demanda popular, discursivamente y eso solo puede ser fruto de una “articulación política”.Es la tarea de construcción de “símbolos populares”, lo que permite la politización de las demandas ciudadanas.

En definitiva, la propuesta política de Laclau, de la cual se hace partícipe el Frente Amplio chileno y que lo es también de su referente “Podemos” en España, consiste en destruir todos los consensos sociales posibles que lleven a una solución dialogante y basada en la razón de los asuntos públicos. Es una lucha de vida o muerte contra quiénes previamente se han definido como los “malos” de la sociedad.

En definitiva, podemos apreciar que si bien con otros conceptos y partiendo de otras premisas, aunque no se quiera, se llega al mismo resultado (aunque sus partidarios se califiquen de postmarxistas), que no es otro que la construcción de una ideología totalitaria, y que esta vez, se nutre de las dos grandes vertientes totalitarias de la historia a saber: Carl Smith (nazismo) y Lenin (marxismo).

Eso es el Frente Amplio para quienes pretenden estudiarlo con seriedad. Ni más ni menos …

Gonzalo Arenas Hödar

Abogado

Magister en Historia



[1] Laclau y Mouffe. Hegemonía y estrategia socialista, p.176.

[2] Laclau y Mouffe. Hegemonía, p.222.

[3] Laclau y Mouffe. Hegemonía, p.194.

[4] Laclau y Mouffe. Hegemonía, p.213.

[5] Laclau. La razón populista, p. 87.

[6] Laclau. La razón, p. 148.

[7] Laclau. La razón, p. 108.

[8] Laclau. La razón, p. 96.

[9] Laclau. La razón, p. 114.

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