Editorial: El rancio conservadurismo de izquierda

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Guillermo Teillier y Osvaldo Andrade

EN LAS últimas semanas se ha dado un intenso debate en torno a la Ley de Identidad de Género y la definición del gobierno de incluir o descartar una indicación para permitir que menores desde los 14 años puedan realizar cambio registral de sexo siempre que cuenten con el consentimiento de sus padres y sujeto a lo que dictaminen los tribunales de familia.

Más allá de las diferentes posturas que se han enfrentado en este tema, vuelve a suceder un fenómeno que se reitera cada vez que se discuten públicamente los denominados temas valóricos. Los sectores de izquierda se instalan desde una especie de olimpo para dar cátedra y tratar peyorativamente de “conservadores” a quienes en la derecha no están de acuerdo con sus postulados.

Cavernarios, intransigentes, intolerantes son algunas de las expresiones que utiliza con frecuencia el autodenominado mundo progresista para descreditar los argumentos de aquellos que se oponen a determinadas iniciativas, incluso cuando sus adversarios entregan argumentos racionales y con base científica. Es cierto que no pocos de los que son tildados “conservadores de derecha” tienden equivocadamente a recurrir a la fe o a sus creencias para argumentar en estas materias, debilitando de antemano su posición.

Peor aún, el jerarca de la Iglesia Católica local realizó una desafortunada analogía que terminó echando por tierra cualquier intento de sostener la postura de que los menores no sean incluidos en el cambio registral de sexo. Con ello inclinó la balanza y provocó que el gobierno se decidiera a presentar la indicación. Aquí hay un desafío grande para estos sectores de prepararse mejor al momento de debatir y defender sus ideas, y de lograr que en su articulación discursiva primen argumentos sólidos que apelen al sentido común.

Pero si de conservadurismo se trata, ¿existe un sector más conservador en Chile que la izquierda? La realidad parece demostrar que no. Con su apego irrestricto -por décadas, y que perdura hasta hoy- a una ideología cuya receta fracasó en todo el mundo de manera rotunda, con su anclaje militante al Chile previo a la Guerra Fría, y con su infantil añoranza de que el Estado tenga una supremacía sobre las personas, la izquierda se configura como el sector más pétreo, momio y conservador del país, lo cual incluye en cierta medida a la nueva camada de dirigentes que es parte del lento proceso de recambio.

Si fuera por la izquierda local, y como se observa en los países que aún continúan bajo el influjo del socialismo más recalcitrante, Chile no hubiese avanzado un centímetro hacia la modernidad, el desarrollo humano, y económico.

Han sido las ideas que defienden precisamente aquellos que están al otro lado de los autodenominados progresistas de izquierda, las que han permitido a Chile contar con mayores niveles de progreso y desarrollo, teniendo como motor la libertad individual de las personas para que puedan crear, emprender y elegir su propio destino.

Si fuera por la izquierda y su amor eterno (conservadurismo) a un Estado omnisciente y omnipresente que lo centraliza y controla todo, no podríamos gozar en la actualidad de los cambios y transformaciones que han permitido, por ejemplo, combatir la pobreza y mejorar la calidad de vida a un creciente número de personas.

Conservadores existen en la derecha y la izquierda, pero claramente los alcances, efectos y resultados de su forma de actuar y de pensar es diametralmente distinto; así lo ha demostrado al menos la historia y el presente.

Opinión/EL MURO

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