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Lo liberal y lo común

William Tapia Chacana

Martes 21 de marzo de 2017

A propósito de la discusión en torno al Manifiesto por la República, un amigo me preguntó: “¿Por qué los liberales no creen en lo común? ¿Por qué se atomizan de esa manera?” Y agregó: “La tesis liberal no me convence”. Así me di cuenta que la propuesta comunitarista de Ortúzar y Herrera, entre otros en la derecha, estaba calando hondo. Por lo mismo, quise aportar algo más al debate.

Ortega y Gasset, en su obra El Hombre y la gente, publicada en 1957, comienza con la idea de que el sujeto se encuentra de súbito con la vida, su vida, y teniendo que hacer algo con ella. La vida de cada cual, entonces, sería una especie de realidad radical, pues no solo nos encontramos con ella sin haber manifestado voluntad alguna de haber querido estar en sus brazos, sino que además todo lo que demanda realidad debe aparecernos en nuestro horizonte para sernos real y concreto, así como posiblemente creado por nosotros mismos.

Los liberales adherimos a esta idea, pues es el individuo concreto el que existe y lo demás viene por añadidura. Todo lo demás debe serme real y concreto en tanto conforma parte de mi circunstancia y tiene significado para mí.  Es lo que se ha llamado la preeminencia ontológica del individuo.

Pero, ¿qué realidades aparecen en nuestra circunstancia? Elementos que se prestan a favor o en contra de la  voluntad personal. Las cosas fácilmente se convierten en elementos útiles a nuestros designios en algunas ocasiones. Sin embargo, aparecen también los otros. Estos otros no son más que otras personas que no se aprestan a nuestros deseos dócilmente. Nos rehúyen y con su mirada nos definen, como diría Sartre. Incluso, pueden representar un peligro para nosotros. Quizá quieren quitarnos nuestras cosas que con tanto esfuerzo hemos reunido, o desean quitarnos el fruto de nuestro trabajo. Si estas últimas opciones fuesen reales, ¿qué deberíamos hacer?

Ortega entonces analiza el significado del saludo. Este último acto de humildad y ofrecimiento, que antes indicaba esclavitud o rendición, es la puerta de entrada para establecer una relación de servicio, hospitalidad y negocio. El saludo se transforma, entonces, en el símbolo de unión común con el otro, en la capacidad de aunar esfuerzos asociativos en pos de objetivos acordados que nos interesan como grupo.

Sin embargo, para algunos falta un actor en esta historia. ¿Dónde está el Estado? ¿Dónde se encuentra esa maquinaria formidable que conserva para sí el ejercicio de la violencia legítimamente reconocida? Pues no aparece más que al final del cuento. El liberal entiende que lo común nace de la interacción entre los individuos. Aquello que llamamos lo social no es más que el entramado de significados que compartimos con otros y que nace espontáneamente, como diría Hayek, de nuestros encuentros y desencuentros. El Gran Hermano aparecería en su mínima constitución para encuadrar y salvaguardar, por medio del Derecho, esas relaciones y posibles conflictos que se pudieran suscitar, pero no como protagonista, sino como espectador.

Con esto se entiende que un liberal no es un sociópata radical que se encierra en su propiedad, esperando que los demás hagan lo mismo. Un liberal clásico entiende que el binomio libertad/responsabilidad planteado por liberales como Hayek, Voltaire, Smith, Kant y otros, se aplica sin necesidad de un puñado de burócratas iluminados, que creen saber las cosas mejor que uno y, por lo tanto, se arrogan el derecho de guiar nuestras vidas.

Lo común o social se crea a partir de las necesidades e intereses de los individuos que viven sus vidas desde su propia óptica. Lo social no tiene vida propia más allá de la otorgada por los miembros que añaden gramos de realidad a su consistencia. El liberal, en resumen, no escapa de lo común, sino que lo crea y transforma con otros individuos iguales que él, sin apelar a ninguna instancia superior a los propios individuos.

¿Es lo anterior egoísmo, como suelen decirlo los colectivistas de distintos partidos? O, por el contrario, como sostienen los liberales, ¿no será mucho más egoísta impedir que las personas —en su individualidad, aunque cooperando con otras— busquen su propio destino?

Para responder a la segunda pregunta, quizás sea bueno recordar que el término liberal, siendo originalmente un adjetivo, significa generosidad. Bajo este significado, fue recogido por los constituyentes de Cádiz en 1812, quienes inauguran el vocablo liberal como sustantivo y como categoría política. En este sentido, y por muchas otras razones —tanto teóricas cuanto históricas— resulta temerario sostener que el liberalismo sea “asocial” o “anti-político”, como lo han hecho los autores del Manifiesto por la República.

William Tapia Chacana, filósofo.

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