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"La guerra no tiene rostro de mujer", Svetlana Alexiévich, (Debate, 2015)

Martes 12 de abril de 2016

Crónica literaria

Dos guerras para una premio Nobel

Por Carlos Iturra

La célebre Teoría literaria, de Wellek y Warren, enseña que hay dos criterios básicos para concederle a algo la categoría de literatura: el de los géneros literarios y el de la calidad en el manejo del lenguaje. Según el primero, son literatura los textos calificables de novela, cuento, poema, etcétera, tengan o no calidad; de acuerdo al segundo, no es literatura una novela chapucera, y puede serlo un libro de historia o de filosofía, bien escrito. La Comisión Nobel ha premiado casi siempre a autores de géneros literarios, con escasas excepciones: los filósofos Henri Bergson y Bertrand Russell o los historiadores Theodor Mommsen y –si es que lo fue- Winston Churchill, del que se dice que en realidad recibió el galardón en recompensa por su papel en la Segunda Guerra Mundial, mucho más que por la calidad un tanto oratoria de sus obras históricas, escritas necesariamente a la carrera en medio de su abrumadora vida pública. El caso de Svetlana Alexiévich, la última en recibir este máximo premio, obliga a repensar tanto el criterio de los géneros como el de la calidad, porque al menos sus dos obras principales, La guerra no tiene rostro de mujer y Voces de Chernobil, no son literatura en el sentido genérico –ni novelas, ni cuentos, ni dramas- como tampoco hablan de la calidad del autor en su manejo del lenguaje, pues en un noventa por cierto, más o menos, sus páginas recogen la expresión oral de docenas y docenas de personas diferentes, cuyas palabras Alexiévich trascribe, es de suponer, literalmente, dado que la veracidad extrema de sus entrevistados persuade como el principal mérito de los testimonios que ella organiza, ordena, seguramente desmaleza un poco, pero finalmente solo difunde…, sin manipular, tergiversar ni “literaturizar” su naturaleza originaria -para respaldo y demostración de lo cual conserva los kilómetros de cinta en que fueron grabados. Como sea, la Academia sueca planteó con esto un problema de orden estético y literario que los estudiosos de los géneros, o “genólogos”, y los filósofos del arte y las letras deberán despejar; que el periodismo alcance nivel literario, en la pluma o teclado de quienes poseen genuino talento, no hay duda, pero en el caso particular de las entrevistas, ¿no habría que repartir los méritos entre quien pregunta y quien responde…?

Por otra parte, si eso ocurre en el plano especulativo y teórico, en el plano práctico y concreto no hay problema alguno: juzgando al menos por La guerra no tiene rostro de mujer, el trabajo de Alexiévich es profundamente impactante y eficaz, conmovedor, ¡estremecedor! Al punto de que habría que pensarlo dos veces antes de recomendar su lectura a sensibilidades mórbidas: las hará sufrir, y no solo a la manera en que hiere toda buena tragedia –todo arte de jerarquía-, causando un dolor que al fin y al cabo es catarsis -alivio, purga de miedo y compasión por las desgracias y catástrofe final de los protagonistas-, sino a la manera más cruda y más cruel en que hiere la realidad.

Alrededor de doscientas entrevistadas en otras casi tantas ciudades y pueblos de la enorme Rusia, prestan su voz a esta obra coral cuyo objetivo es ofrecer la cara femenina de la guerra, y específicamente de la Segunda Guerra Mundial, en la que la Unión Soviética se defendió con la participación militar de un millón de mujeres soldados, voluntarias. Cabos, sargentos, capitanes, francotiradoras, radiotelefonistas, conductoras de tanques, enfermeras y médicos, encargadas de cañones y ametralladoras, muchachas apenas salidas de la adolescencia, como la mayoría de sus camaradas hombres –que tienen muy escasa participación en el libro, puesto que la finalidad perseguida es que se escuche precisamente la voz de las mujeres, que se vea la increíble carnicería tal como ellas la vieron y vivieron: no a la manera de los hombres, que ya han contado suficientemente la historia, con abundante detalle de tácticas y estrategias, de ejércitos, divisiones, escuadras, generales, mariscales, almirantes, armamentos e incluso ideas e ideologías en juego. Nada de eso: Alexiévich entrevista a esas ex soldados, hoy ancianas, para que hablen de lo que se sentía en el frente, la retaguardia, la retirada, la invasión, ante las balas, los mutilados, los moribundos, los cadáveres despedazados, las aldeas incendiadas: la ira, el odio, la amistad, el amor.

La obra viene a ser, así, una confluencia extraordinariamente novedosa y moderna de fenómenos y disciplinas preexistentes, pero que no parecen haber sido amalgamados con tanta suerte hasta ahora: la historiografía de la vida privada, o de lo cotidiano, ya configurada en la primera mitad del siglo pasado, el periodismo, la entrevista, el testimonio, lo femenino, la historia no oficial, el lado oculto, y ocultado, de lo real… Fusión de perspectivas y materiales que pudo ser erudita, críptica o sofisticada, pero que sin embargo carece de complicación y se lee con tanta fluidez como piedad y espanto: “Viajábamos. En una estación había dos trenes, uno al lado del otro... Uno con los heridos, otro con los caballos. Comenzó el bombardeo. Los trenes se incendiaron… Nosotros empezamos a abrir las puertas para salvar a los heridos, para que pudieran escapar, y todos ellos se lanzaron a salvar a los caballos. Los gritos de las personas espantan, pero no hay nada más terrible que el relincho de los caballos sufriendo. Ellos no tienen la culpa, no son responsables de las fechorías que cometemos los humanos. Ninguno corrió a esconderse en el bosque, todos trataron de salvar a los caballos. Todos los que eran capaces. ¡Todos!”

Esa guerra tuvo lugar bajo Stalin; este libro fue compilado y escrito cuando aún había Unión Soviética: ambos fenómenos, la URSS y Stalin, constituyen el segundo conflicto en  estas páginas, el soterrado; muchas combatientes fueron condecoradas, pero se les prohibió hablar, y una vez que Alexiévich logró sacarlas del mutismo impuesto, avergonzado y vergonzoso, la censura comunista intentó acallarla a ella: mostraba miserias, cosa inconcebible en el edén de los soviets. Un par de veces Alexiévich repite las palabras de sus adoctrinados censores: “Para usted la verdad está en la vida. En la calle. Bajo nuestros pies. Pues se equivoca, la verdad es lo que soñamos. ¡Es como queremos ser!” “¡Esto es mentira! Es una difamación contra nuestros soldados, que salvaron a media Europa. Contra nuestros partisanos. Contra nuestro heroico pueblo. No necesitamos su pequeña historia, necesitamos una Gran Historia. La Historia de la Victoria. ¡Usted detesta a nuestros héroes! Detesta nuestras grandes ideas. Las ideas de Marx y de Lenin.”

La lucha del pueblo ruso no fue ideológica, fue patriótica, y poco o nada difiere de la que más de cien años antes rechazó la invasión napoleónica: para saberlo basta leer a Tolstoi en Guerra y Paz –solo que ahí las mujeres padecen en sus casas. Acá, en el frente: acá muestran la cara que la guerra esconde, la mano que acaricia y consuela, el habla dulce que evoca a madres, hermanas, novias; la sonrisa que es bálsamo para el que expone su vida a la metralla y para el que muere, e incluso el ametrallar enemigos que la mujer, codo a codo en ello con los hombres, acomete arrastrada por la fealdad diabólica de ese delirio intermitente que un lugar u otro está siempre volviendo infernal lo humano.

LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, Svetlana Alexiévich, Debate Chile 2015

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