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¿Cuánto miedo hay que tenerle a Trump?

Ricardo Israel

Martes 22 de noviembre de 2016

Se equivocaron una vez más las encuestas. Ganó quien había hecho gala de todo tipo de incorrecciones, incluyendo sexismo y racismo. Los medios de comunicación lo tomaron como un chiste. Hoy, están en la etapa de la autocrítica.

No sólo Hillary perdió una elección que se consideraba imposible. Los demócratas quedaron en minoría en el Congreso y, con su activa participación en la campaña, Obama puso en riesgo su legado y su esposa, un futuro promisorio en política. La paradoja máxima fue su elección en los mismos días en que se conmemoraban 27 años de la caída del Muro de Berlín.

Su triunfo vino, inmediatamente, después del Brexit y confirma la globalización del populismo que mientras viene de vuelta en América Latina avanza en el mundo desarrollado (y también en Filipinas). Es también un nuevo escenario internacional, donde el primero en expresar su alegría es nada menos que Putin.

Hillary demostró no ser una buena candidata. Lo sorprendente no fue que apareciera un candidato como Trump, sino los millones que acudieron a votar por él. Lo que la prensa no vio, fueron las decenas de miles que acudían a los estadios del país a escucharlo, gente que se sentía identificada por su mensaje simplista. Era una reacción contra la corrección política y el elitismo.

Como en EE.UU., el presidente es electo por un Colegio Electoral, Trump obtuvo 306 contra 232 de su rival, quien lo superó en el voto popular por 0,2%, repitiéndose el escenario Bush versus Gore del 2000. Basta mirar el mapa electoral para ver como el rojo (republicano) predomina sobre el azul (demócrata).

Fue una elección distinta a lo que se esperaba, situación en la que fallaron todas las predicciones. Aunque fue una elección con buena concurrencia de electores, no hubo diferencia substancial a lo que pasó en las últimas dos elecciones.  Trump fue exitoso sobre todo en atraer al voto blanco y a quienes no votaban habitualmente. Retuvo todos los estados republicanos y le fue bien con la apuesta de restar a los demócratas el voto   obrero blanco, ganando en estados industriales del medio-oeste.  Sobre todo, le fue muy bien con la apuesta que decidiría la elección, venciendo en la mayoría de los estados que como Florida y Ohio cambian de bando de una elección a otra.

Las encuestas se equivocaron, precisamente, por subestimar al voto blanco rural que masivamente acudió a votar por Trump y por sobreestimar la importancia de las minorías y de los jóvenes (millenials). Éstos últimos, no acudieron a las urnas y no hubo la avalancha esperada de votos de protesta en mujeres, afroamericanos o latinos que, además, votaron en números muy por sobre lo esperado por Trump.

El mundo lo ha visto como una catástrofe y EE.UU. sigue tan o más dividido que cuando Obama fue electo, como lo demostraron las marchas de protesta después de la elección.

La pregunta es ¿ahora qué?, toda vez que fue un candidato que ofendió a mucha gente, pero que, además, prometió encarcelar a Hillary, construir un muro en la frontera y obligar a México a pagarlo, terminar el tratado nuclear con Irán y renegociar o, simplemente, cancelar todos los tratados comerciales, inaugurando una nueva era de proteccionismo, entre muchas otras cosas.

La verdad es que hay una cosa que me disminuye el miedo: es la sabiduría de la Constitución norteamericana, que está llena de frenos y contrapesos, con un Congreso muy poderoso donde no hay órdenes de partido y aunque tenga mayoría republicana, muchos de los electos piensan distinto a Trump en los puntos anteriores. Debe acudir a ellos para financiar al gobierno y, además, el sistema le concede mucha autonomía a gobernadores y alcaldes, dado su sistema federal. Más aún, es muy difícil imponer decisiones a la burocracia militar o del Departamento de Estado en lo internacional.

Es, en relaciones exteriores, donde puede actuar con mayor autonomía, pero siempre por un tiempo limitado, debiendo ir tarde o temprano al Congreso en lo que a tratados o guerras se refiere.

¿Qué esperar entonces?  Que para poder gobernar aparezca la persona sobre el personaje. Va a hacer lo que hubiera hecho otro republicano con mayoría y con la posibilidad de imponerla en la Corte Suprema, cuyos pronunciamientos equivalen, en la práctica, a una ley. En otras palabras, harán lo posible por acabar con el legado de Obama, por ejemplo en la salud y habrá expulsiones de indocumentados (proceso que ya viene con Obama) pero no 11 millones. México va a sufrir, pero es impensable una guerra comercial con China que es dueña de buena parte de la deuda norteamericana.

En resumen, hay que tener cuidado y recelo, pero no terror, ya que el sistema norteamericano impide que la voluntad de una persona se imponga como si fuera un dictador, por poderosa que sea la oficina presidencial.

Y el ejemplo lo tenemos en el propio Obama que no pudo cumplir las promesas de cambio, ni siquiera la más simbólica, como el cierre de Guantánamo, ya que como imperio, EE.UU. es un trasatlántico que para ser manejado necesita bastante más que un timonel.  Sí puede dejar una herencia que dure décadas como lo hizo Reagan. Ya logró algo tan inesperado como ser la voz de una masa que no se sentía escuchada por una elite liberal, política y comunicacional, y la desagradable noticia que muchos millones concuerdan con un mensaje xenófobo y misógeno.

Ricardo Israel Z.

Analista político internacional y abogado.

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