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"Criollos en París" (Crónica Literaria: Carlos Iturra)

Martes 19 de abril de 2016

Joaquín Edwards Bello (Suma de Letras, 2004)

Crónica literaria

"Criollos en París"

Por Carlos Iturra

Hay al menos dos paralelos que sugiere sin demora esta novela: uno, con Los trasplantados, de Blest Gana, y otro, con El chileno en Madrid, del mismo Edwards Bello. El primero, porque el tema es prácticamente el mismo; y el segundo, porque el tema también es prácticamente el mismo, solo que la capital europea, como harto lo proclama el título, no es la de Francia sino la de España. Eso en las similitudes, que no son menores. Pero en los contrastes, ocurre que son aún más prominentes. Blest Gana tiene dos o tres ventajas por sobre su colega posterior: fue el primero en abordar el asunto, pertenece al siglo XIX, por excelencia el siglo novelístico, donde este género literario alcanza su grandeza definitiva, y, en fin, es además, y casi fuera de toda duda, el mayor novelista chileno. Lo cual sitúa a Los trasplantados en un nivel casi inaccesible, porque su lectura deja recuerdos imborrables, porque provoca emociones de una intensidad que en ciertos episodios llega a dostoievskiana y porque la perfección de su escritura tanto como la de su argumento, complejo y de fino entramado a la vez que de fluido y sencillo discurrir, hacen de ella una obra modelo de amplio espectro social y humano, un “vasto friso” de la idiosincrasia latinoamericana, en particular de los acaudalados puestos enfrente de la nobleza, los blasones y las fortunas del viejo continente.

 Respecto de El chileno en Madrid, se observa que Edwards Bello superó muchas de las limitaciones que hacen de ese libro un intento en gran medida frustrado, un texto mediocre y hasta fastidioso por sus incontables defectos: de mayor envergadura, Criollos en París ostenta mayor habilidad literaria, mayor cuidado del estilo y un muy superior control de los recursos y de las potencialidades del género narrativo que hizo del autor un Premio Nacional de Literatura. Publicada en 1933, a los cinco años de El chileno en Madrid, esta siguiente novela que se ambienta en París –y en Biarritz algunos capítulos-  no solo revela un salto cualitativo de lo penosamente legible a lo altamente disfrutable, sino también, y en esto al igual que en la previa, plena de sabor autobiográfico: es de aquellos relatos de carácter realista en los que el autor revela tal dominio de los escenarios donde sitúa la acción que el lector no puede menos que pensar que los conoció y vivió en persona y a fondo: no digamos ya las calles, callejuelas y múltiples rincones de la bien llamada ciudad luz, sino los cafés, los restaurantes y los casinos de juego, sobre los que se desplazan los acontecimientos tan compenetrados de las correspondientes características físicas, de los antros y los lujos, de los naipes y las apuestas, que no podría haber escrito sobre ello quien solo hubiera pasado por ahí en calidad de turista. Y es que, como bien se sabe, Edwards Bello residió en París de niño y de adulto, y quizá haya dominado primero el francés y solo luego el español.

No cabe decir otro tanto del argumento, que se encarga de exponer los avatares de un señor chileno, adinerado, ex parlamentario, su joven y hermosa hija, y su empleada doméstica de toda la vida, que se han exiliado por uno de esos reveses políticos más o menos radicales que hacen aconsejable poner la vida a resguardo; y junto a ellos, los avatares de otro chileno, Pedro, radicado en París junto a su madre ya por muchos años, gente bien pero venida a menos que vive en un hotelucho nada lujoso aunque lo bastante decente como para que no deban avergonzarse. Este Pedro es un jugador afortunado: se lo pasa ganando y ganando de casino en casino, con preferencia por el Méridioneaux, de donde extrae permanentemente los fondos necesarios como para permitirse los gastos y los gustos de un dandy, así como las satisfacciones de un vástago afectuoso: tiene una amante, un grupo de amigos sudamericanos, un adversario que lo detesta, y a sus espaldas una abandonada carrera diplomática de la que se alejó resentido y con rabia, no sin asestarle un libelo más o menos injurioso, más o menos objetivo, que le impedirá regresar a ella…, mientras que su madre no puede quejarse de penurias –aunque no contribuya a su felicidad el espectáculo de un hijo de dudosa fama y que a pesar de sus méritos no logra sentar cabeza.

L’amour, ah, el amor, es sin embargo el hilo central en el que se van enhebrando los hechos esenciales de la historia, de una forma mucho mejor organizada que en El chileno en Madrid, lo mismo que la prosa está mucho mejor revisada y corregida. La galería de personajes luce llena de vida, de sorpresas, de rarezas: el conjunto seduce, entretiene y complace por una incesante variedad que corre pareja con la de los episodios que se suceden con la más persuasiva verosimilitud a la vez que con aires de genuina mundanidad y de humanidad verdadera. A diferencia de Blest Gana, Edwards Bello solo roza, y de pasada, las cumbres de la aristocracia gala, a las que los protagonistas de Los trasplantados se desviven en vano por trepar: quizá lo más empingorotado sea aquí una infanta española, “Su Alteza doña Sol”, “una vieja gorda, vestida de seda escarlata fuera de moda e inmenso collar de cuatro vueltas de brillantes”, cuya voz ronca parece lo más noble de ella, y que solo hace acto de presencia un par de veces. Los más ricos, por su parte, resultan ser los Sievers, una familia de chilenos -“rastacueros” pero bastante exitosos en su empeño de llegar muy arriba en la sociedad parisina, y en cuyo salón, precisamente, los protagonistas conocen a la Infanta, que encuentra muy hermosa a la hija del ex parlamentario: “Parece una sevillana”, dice, y pide conocerla: “Venga a saludar, pues, m’hija, no sea huasita…”, conmina la altiva dueña de casa a la tímida Lucía. Una timidez que más tarde la pasión disipa y que la aleja de Pedro, si bien al cabo de un tiempo…, bueno, al cabo de un tiempo adviene el desenlace, agitado, aventurero, cordial, cuya sabrosura el lector ha de paladear por sí mismo.

Definitivamente, quien solo leyera El chileno en Madrid se quedaría con una muy pobre impresión del espléndido novelista que ya aquí se muestra don Joaquín: solo queda advertir que la presente edición, con ser digna de gratitud como la única disponible, está plagada de erratas.

CRIOLLOS EN PARÍS Joaquín Edwards Bello Suma de Letras 2004 Chile

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