¡PLOP!

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Lo censuraron en el sur, lo golpearon en el norte y representaron su muerte con un muñeco ardiente en Valparaíso, pero aún muchos opinan que todo se trataría de una elaborada estrategia comunicacional del blond terrible de la derecha, José Antonio Kast. En la vereda contraria, a Gabriel Boric lo llamaron “oportunista” por dialogar con el Gobierno para buscar acuerdos en torno al SENAME.

Vivimos demasiado conectados y eso nos hace desconfiar, mientras que la constante exposición al dolor humano –bordeando el morbo– nos ha insensibilizado. Así, la referencia a valores morales objetivos comienza a languidecer en la medida que nos hacemos más conscientes de la imperfección que nos rodea. Pero la vida sigue y, con ella, nos enfrentamos a un mar de alternativas entre las cuales debemos optar, sin saber con qué criterio hacerlo. Y habiendo perdido la brújula, hemos retornado al consejo, un mecanismo tan variable y relativo como las personas que lo emiten.

Viejo es el chiste de Condorito en donde el simpático pajarraco, abrumado por haber extraviado la ruta, le consulta a su buen amigo Chuma. “No sé, pero preguntando se llega a Roma”, le responde este, a lo que Condorito replica: “¡¿Y de dónde cree que vengo?!” ¡Plop!

Recurrir a la opinión subjetiva de un cercano aparece hoy como la alternativa más confiable para no sucumbir ante la oleada de opciones que no sabemos remontar, pero acarrea el riesgo de volverlo todo una opinión más. Tal como pasó con Kast y con Boric, por infundada que sea la postura, todos se sienten con el derecho a opinar y a hacerlo con la misma pretensión de validez que una posición cuerda. Divagamos así en un debate interminable que, como Condorito, va a Roma y regresa sin encontrar su destino. Con ello, perdemos la posibilidad de enjuiciar las situaciones de fondo, que son aquellas que de verdad merecen nuestra atención: ¿sufre hoy José Antonio Kast un peligro real e inminente de ser asesinado por su proyecto político? ¿Gabriel Boric obró de forma correcta? ¿Debemos exigirle a otros políticos que procedan igual?

La deliberación pública exige mejores razones y tomar postura sobre mínimos indispensables que nos permitan razonar. Y si bien no hay consenso sobre qué debería formar parte de aquel mínimo objetivo que haga posible una democracia real, por lo menos hay que instalar la duda y comenzar a buscarlo. De lo contrario, el ¡Pum! va a reemplazar al ¡Plop! y ahí el chiste ya no será gracioso.

Henry Boys Loeb

Director Nacional

Observatorio de la Cultura San Juan Pablo II

 

 

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