El eterno retorno a lo mismo

0
330

Los últimos días  han sido intensos. La votación del ex presidente Piñera, mucho menor a la esperada, y, en contraste, la sorpresiva  preferencia del electorado en favor del Frente Amplio (FA), han abierto diversas perspectivas de análisis y no pocas discusiones.

Para dar cuenta de los resultados, se ha echado mano a diversos fenómenos explicativos, tales como el voto “antipiñerista”, el cansancio del electorado por las promesas incumplidas, el voto de castigo, etc. Especial ha sido la explicación de Beatriz Sánchez, la candidata presidencial del FA, quien  ha dicho que los resultados encuentran su sentido en que la gente ha votado por un proyecto de renovación política, precisamente aquél que ella representaba. Pero cabe preguntarse: ¿qué tiene de nuevo lo que ella representa?, ¿cuál sería su renovación?

El fenómeno de las masas

En su momento, José Ortega y Gasset se mostró preocupado por la emergencia de un nuevo tipo de hombre durante el transcurso del siglo XX. En su Rebelión de las masas de 1930, sostiene que el liberalismo había ganado la batalla ideológica en el siglo XIX, reconociendo que el capitalismo había sido la causa en el aumento notorio de la calidad de vida y en la perspectiva de futuro que ello conllevaba. Sin embargo, reconoce también una nueva problemática adyacente a la prosperidad lograda: el advenimiento de las masas al poder.

En un principio, este fenómeno no parecería a los ojos del filósofo español como algo necesariamente problemático. Sin embargo, este nuevo tipo de hombre, que se aglomera como muchedumbre en los lugares que antes le eran reservados al intelectual, al aristócrata, es el hombre-masa.

¿Quién es este hombre-masa? Este sujeto es el heredero de un pasado glorioso, quien actúa en la vida pública convencido de que lo que piensa y dice es necesariamente “lo correcto” y que nadie es superior a él, sino que todos son o deberían ser iguales. En este caso, no hablamos de igualdad en dignidad ni tampoco (ni siquiera) en igualdad política, sino “efectivamente” iguales en términos materiales y meritocráticos.

Además, es un ser sólo preocupado por su bienestar, que descuida y llega a destruir aquello que le procura la sociedad. Al menor cambio de las circunstancias favorables a su existencia inerte y sin fin, siente el derecho de entrometerse en todo y de la manera más violenta posible, perdiéndose y denostando las instancias de discusión propiamente democráticas.

Bajo las especies de sindicalismo y fascismo, aparece por primera vez en Europa, nos dice Ortega, un tipo de hombre que no quiere dar razones ni quiere tener razón, sino que, sencillamente, se muestra resuelto a imponer a toda costa sus opiniones. Es el imperio de la sinrazón y de la barbarie. ¿Le suena esto conocido al lector?

El hombre masa y el Estado

Ahora, ¿cuál es la relación que tiene este hombre masa con el Estado? ¿Cómo lo considera?

Ortega nos recuerda que el Estado contemporáneo es el producto más visible y notorio de la civilización. Y el hombre masa admira este producto cultural, sabe que está ahí, asegurando su vida; pero no tiene conciencia de que es una creación humana, inventada por ciertos hombres y sostenida por determinadas  virtudes y supuestos que hubo ayer en los hombres, y que pueden evaporarse mañana. El hombre masa ve en el Estado un poder anónimo y, como él se siente a sí mismo anónimo, parte de un colectivo en que todos son y merecen la igualdad, cree que el Estado es cosa suya propia.

Imagine el lector que sobreviene en la vida pública de un país cualquier dificultad, conflicto o problema; el hombre masa tenderá a exigir que inmediatamente el problema lo asuma el Estado. Enseguida exigirá que éste se encargue directamente de resolverlo con sus gigantescos e incontrastables medios.

Reflexiona el filósofo aquí referido que el peligro evidente que se cierne ante la supremacía de este hombre-masa y el Estado asistencialista que exige, es la estatificación de la vida, la absorción de toda espontaneidad social por el Estado. El resultado de esta tendencia sería fatal pues la sociedad tendría que vivir para el Estado; el hombre debería servir a la máquina del gobierno.

Y como a la postre el Estado no es sino una máquina, cuya existencia y mantenimiento dependen de la vitalidad circundante que la mantenga, después de chupar el tuétano a la sociedad, se quedará éste esquelético, muerto, con esa muerte herrumbrosa de la máquina, mucho más cadavérica que la del organismo vivo.

¿Qué es lo nuevo del Frente Amplio?

Entonces, ¿qué es lo esencialmente novedoso en este movimiento? ¿No están acaso todos esos hombres del FA convencidos de sus razones y de su legitimidad moral, sin atender a los argumentos de los demás? ¿No cree el FA que la riqueza existe por arte de magia, casi de modo natural, al igual que el hombre masa, como si se tratara de un mago que saca un conejo de su sombrero, y que, por lo tanto, no hay que hacer esfuerzo alguno por crearla? ¿No reaccionan violentamente –en un amplio sentido de la palabra- a todo enfrentamiento y debate? ¿No están resueltos a simplemente imponer su opinión a los demás? ¿No están obsesionados con la igualdad? ¿No proponen al Estado como solución única a todos los problemas del Chile contemporáneo? ¿No estamos ya comenzando la espiral casi inevitable de vivir para el Estado más que vivir para sí mismos (para nuestros proyectos vitales)?

En conclusión, no estamos ante nada nuevo. El FA no es más que un eterno retorno a lo mismo. Lo que vio Ortega surgir en Europa a comienzos del siglo XX, se repite algunas décadas después, en Chile y el mundo (lo que hoy sucede con Podemos en España es muy similar a lo que ocurre ahora en Chile). Sería necesario, alguna vez en la vida, aprender de la historia. Y recordar, una vez más, que la historia parece repetirse, aunque con otros actos y circunstancias accesorias que no alcanzamos a avizorar con demasiada antelación, muy a pesar nuestro.

William Tapia Chacana, filósofo.

DEJA UN COMENTARIO

Please enter your comment!
Please enter your name here