El drama de la ludopatía

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El gravísimo incidente ocurrido en el casino Monticello en el cual un jugador que había perdido todo mató a dos funcionarios, dejó heridos a otros clientes y terminó suicidándose, puso sobre la mesa, una vez más, el crecimiento de la ludopatía o adicción al juego de azar hasta el punto de que quienes caen en ella terminan arruinados, tanto como sus familias; pues hasta casas y vehículos son perdidos en el juego. Desgraciadamente, no son tan excepcionales estos casos.

Siendo diputado me correspondió intervenir en la elaboración de la actual ley de Casinos. Como se recordará, durante mucho tiempo la presencia de casinos en ocho comunas del país fue el resultado de sendas leyes de privilegio. La primera de esas comunas fue Viña del Mar, quien además fue la única durante décadas. En definitiva, la presión de las otras municipalidades obligó al Estado a abrir la posibilidad de organizar estos casinos a lo largo del país. En un comienzo, proponía liberalizar el juego hasta el punto de permitir que se abrieran casinos indiscriminadamente en todo el país. Fue necesaria mucha energía para convencer al gobierno de entonces -presidente Lagos- a dictar una regla general de carácter restrictivo: hasta 24 casinos de juego en el territorio nacional, uno en cada una de las regiones del país y el resto a ser distribuidos a nivel nacional, no pudiendo autorizarse la instalación de más de tres casinos de juegos en una misma región. Salvo en la Región Metropolitana donde no podrá haber ninguno. Además, no podrá autorizarse la instalación de nuevos casinos de juegos a una distancia vial inferior a 70 kilómetros, sea entre ellos o respecto de otros en actual funcionamiento.

Fue una transacción que la aceptamos, porque la experiencia enseña que una prohibición total del juego de azar es por desgracia contraproducente. Esta, lo único que genera, es un sistema de juego clandestino inmensamente más pernicioso. La legalización acotada, impide los peores excesos, pero es de todas maneras un mal, aunque un mal menor que, a pesar de todas las precauciones, cobra su precio.

Detrás de los oropeles y de la sofisticada fachada de cada casino o lugar de juego de azar se esconde esta dura realidad que todos estamos llamados a combatir. Los ingresos que esos casinos generan no pocas veces lo hacen a costa del drama, de la ruina y la desesperación de muchos. Especialmente cierto es esto en la ciudad de Viña del Mar cuyo presupuesto municipal es financiado en un 50% con los ingresos de su casino. ¿Qué ciudad es esta que presenta tal grado de dependencia del juego de azar? No es, por cierto, un rasgo del cual pueda enorgullecerse.

La ludopatía es una adicción frente a la cual es preciso estar siempre alerta. Cuesta muy poco que alguien caiga en ella; cuesta esfuerzos titánicos rescatarlo. A todos nos incumbe una cuota de responsabilidad en esta tarea.

Gonzalo Ibañez Santa María

Consejero Académico Circulo Acton Chile

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