¿Y ahora que hará Lula?

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El Tribunal Supremo de Brasil rechazó por 6 votos contra cinco el recurso de habeas corpus preventivo presentado por la defensa del ex mandatario, Luiz Inacio Lula da Silva, con lo cual intentaba evitar o dilatar ir a la cárcel, luego de una condena en segunda instancia del Tribunal Supremo de Porto Alegre.

 La decisión del Supremo se dio en medio de presiones de todo tipo, marchas y llantos de sus adherentes, pancartas y muñecos inflables de sus detractores, presiones desde las Fuerzas Armadas, ya que para algunos Lula sigue siendo el representante más genuino del “povo” brasileño, y para otros un articulador de una corrupción estructural que recorre transversalmente el país.

Aunque finalmente ingresó a la cárcel, lo cierto es que Lula enfrenta una decisión clave para el futuro del país: definir el rol que puede seguir jugando, dada su situación judicial.

 Lula actualmente marca un 38% en las encuestas para las elecciones presidenciales de octubre. Sin embargo, la viabilidad de que se pueda presentar como candidato es casi nula, considerando que el Tribunal Electoral deberá aplicar la ley de “ficha limpia”, que impide que un candidato condenado en segunda instancia, como es su caso, pueda ser inscrito.

La estrategia de Lula de señalar que él   iba “sí o sí”, como candidato, podría haber funcionado como mecanismo de presión hacia el tribunal supremo. De hecho, la votación fue estrecha, y le  permitió a sus adherentes levantar un lema potente: “sin Lula no hay democracia”.

 El Partido de los Trabajadores de Lula ha rechazado la viabilidad de otro candidato que no sea Lula; incluso lo instan a “hacer campaña desde la cárcel. Sin embargo, no hay que olvidar que el ex presidente tiene cinco procesos judiciales en su contra, aparte del actual, por el que fue condenado.

Tampoco hay que olvidar que Lula no sólo fue un aguerrido líder sindical, sino un político exitoso, que fue abandonando su postura extrema y avanzando a posiciones de consensos que lo destacaron por su pragmatismo y le permitieron sustentar altos niveles de apoyos internos, llegando incluso a ser la estrella de las cumbres internacionales.

 Insistir en su candidatura agudizaría la crisis del país e impediría que en su propias filas surjan quienes lo reemplacen.

Desistir es la decisión más compleja para cualquier líder, en especial para uno carismático como Lula, pero lo cierto es que ahí se juega su última carta:  intentar mantener   su gran influencia política.

Al no ir como candidato puede ejercer su liderazgo entre sus partidarios e intentar darle un impulso a un candidato ganador de sus filas. Y eso sí lo puede hacer desde la cárcel.

Patricio Gajardo Lagomarsino
Secretario Ejecutivo del Centro de Derecho Público y Sociedad
Universidad San Sebastián  

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